Dixie



Todos sienten simpatía por el Sur, la vieja tierra cuyas tradiciones y forma de vida quería aplastar, aplastó el Norte materialista, cuyos hijos supieron morir –por ejemplo, en la carga de la división de Pickett en Gettysburg–, cuyo general en jefe se rindió como un caballero en Appomatox. Sin embargo, se olvida que también es la tierra de la esclavitud y del racismo: allí, los negros siguieron marginados por más de un siglo; allí, sobre todo allí, negros y blancos viven en diferentes barriadas, acuden los domingos a distintas iglesias, se entierran en diferentes cementerios.

Se puede, sin duda, sentir nostalgia por una forma de vida, por una época. Siento nostalgia por ese Sur que, poco poblado, más pobre, se enfrentó a la maquinaría bélica del Norte. Las campañas de Lee en Maryland y Pensilvania provocan la exaltación entre todos los que alguna vez hemos permanecido horas y horas hojeando libros de batallas.

Sin embargo, ese es el Sur de la esclavitud. Se puede decir que, antes o después, la esclavitud hubiera sido abolida. Si el Sur hubiera logrado la secesión, habría tenido que liberar a los esclavos en la década de los setenta, de los ochenta. (La película de Kevin Willmott es muy entretenida, pero el Sur nunca hubiera podido ganar. Nunca. Y, desde luego, la esclavitud hubiera desaparecido.) Pero en 1861 era un hecho que existía esa institución peculiar.

La lectura de la autobiografía de Frederick Douglass o de las narraciones de los antiguos esclavos, entrevistados entre 1936 a 1938 por los escritores y periodistas de la Works Progress Administration, resulta bastante triste. No se siente nostalgia sino horror cuando se leen esas historias personales llenas de latigazos, violaciones, hambre, fugas, trabajos forzados.