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| Julian Assange y Baltasar Garzón |
1998. Augusto Pinochet, dictador chileno jubilado, visita el Reino Unido para operarse de una hernia discal. Como todos los tiranos, es un genocida; ordenó y amparó asesinatos, ilegalidades, desfalcos, saqueos. No hay que decir nada más: todos los dictadores son unos forajidos. Un juez español de izquierdas le acusa de crímenes contra la humanidad y pide su extradición. Él dará buena cuenta de Pinochet. Le juzgará, algo que evidentemente no han hecho los chilenos. Las autoridades británicas, molestas, comienzan a dar largas: les incomoda todo el asunto. Finalmente, después de espectáculo circense que dura varios meses, Pinochet consigue regresar a Chile. El juez español se queda con un palmo de narices. No pasa nada. En España también hay dictadores. Decide encausar a Franco. Pide la partida de defunción pues no está del todo seguro de que esté muerto. ¡Vaya! Resulta que está muerto. No, tiene que ver su cadáver para asegurarse. Comienza a preparar el procesamiento de Narváez, que llegó a admitir que había asesinado a todos sus rivales políticos.
2012. Un periodista que ha ganado notoriedad internacional por filtrar cables del gobierno estadounidense está acusado de violación en Suecia. Julian Assange, australiano, vive en el Reino Unido. Las autoridades británicas se muestran dispuestas a extraditarle, pero Assange se refugia en la embajada de Ecuador, cuyo gobierno se caracteriza por proteger las leyes en general y a los periodistas en particular. Pide asilo político. Se cree perseguido.
En Londres se presenta para defender Assange el juez español del caso Pinochet, juez que ya no es juez . El antiguo magistrado exige que no se extradite a su cliente: no hay duda de que nadie puede recibir un juicio justo en el país de Olof Palme.
